La depresión contemporánea
Es un espectáculo de danza contemporánea, aunque por momentos es más que eso, ya que integra elementos de iluminación particulares que lo acercan a una instalación plástica, dramatizaciones que lo asemejan al teatro de texto y tecnología e imagen que lo sitúan en las proximidades de una verdadera performance.
Pero también por momentos es menos que eso, porque es tan amplio y polifacético el espectro de recursos a los que Tamara Cubas echa mano en esta puesta que varias veces se le escapan entre los dedos. Los que deberían ser medios se trasmutan en fines y opacan el transcurrir general de la obra, que pierde prolijidad.
El desempeño general resulta entonces un tanto desparejo y por momentos decae, el uso de la palabra lobra buenos resultados en una especie de ¨confesionario e Gran Hermano¨ que representa con solvencia Dino Gauto, pero en otros casos no se logran impostaciones escénicas el mismo nivel.
Una idea realmente interesante es el uso de una cámara móvil que en una pantalla gigante aporta visiones muy particulares de lo que ocurre en el escenario, pero ocupa demasiado tiempo, perdiendo efectividad.
La creatividad y la experimentación que trasunta Tamara en esta pueda son muy valiosas y logran plasmarse en buenas ideas, que bien valen pese a algunos altibajos. Casi al comienzo, una brillante Catalina Chouhy maravilla primero con movimientos de brazos y espalda que extraen de la música y del cuerpo sincronías nuevas, y luego continúa con la misma técnica en una coreografía donde conduce a otros dos personajes completamente especializados que siguen sus manos por todo el espacio, sometidos a los caprichos de su movimiento. Adriana Belbussi realiza un excelente aprovechamiento rítmico e un corte done una ¨dulce viejita¨ comienza poco a poco a tornarse autoritaria mediante un enorme garrote y luce también muy eficaz en todas las coreografías colectivas.
Dos de estas piezas colectivas merecen real destaque: en una de ellas los bailarines se ¨mandan al frente¨ unos a otros empujándose y tratando de escudarse en el que ¨la quedó¨; la otra, muy bien lograda, es la que cierra el espectáculo.
Más allá de esta presentación puntual, llama la atención, en las propuestas de danza contemporánea de los últimos tiempos, la recurrencia casi obsesiva en cuanto a los contenidos. La alienación, la violencia y la desesperanza llenan los escenarios, sin que la obra quede abierta ni se recurra a una clave salvadora o esperanzadora al abandonar los clichés siempre es bienvenido. Sólo que a veces cambiamos uno por otro sin darnos cuenta.
Pero más allá de alguna incidencia de las ¨modas escénicas¨, se percibe un transfondo real de angustia en las presentaciones de danza contemporáneas. Teniendo en cuenta la edad de las bailarinas y de la mayoría de los coreógrafos (muy jóvenes) y su origen en general de capas medias, aparece como preocupante esa sombra de incertidumbre que planea sobre los artistas de las nuevas generaciones. Influencia de lo social, del medio pauperizado y de la vida evaluada de los jóvenes en general, generaciones que se sienten acorraladas buscan transmitir en su arte esa sensación para que hagamos algo más que hagamos algo más que aplaudir al final de la función.
Hay que esperar que esto cambie pronto y que la alegría de bailar vuelva a ocupar algún lugar en la escena
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