Dramaturgos y teatristas argentinos. La comunicación posible


Dramaturgos y teatristas argentinos. La comunicación posible. Biblioteca Teatral Hueney, un rincón mágico en la Patagonia.

Desde muy niño tuve pasión por la lectura inculcada por mi padre que nunca había ido a una escuela pero aprendió por sí mismo. Leer teatro me atrajo siempre y especialmente conservar los textos que me impactaban. Si veía una obra teatral que me gustaba mucho, hacía todo lo posible por conseguir el libro. Mi primera juventud y mocedad las viví en Córdoba y allí sufrí la década de las persecuciones, las de las desapariciones, de tantos compañeros. En busca de mundos nuevos con mi esposa Emilia nos instalamos en Zapala, provincia del Neuquén, al norte de la Patagonia Argentina a comienzos del año 80. Había sido “mago” desde muy pequeño y solía maravillar con juegos de memoria prodigiosa ante numerosos públicos a mis nueve o diez años y en mi juventud integré la corriente de teatro independiente participando de varios grupos y escribí mis primeras obras de teatro. Con un puñado de amigos fundamos en Zapala el Grupo Teatral Hueney y programamos un encuentro de teatristas de la Patagonia en nuestra ciudad para el día 3 de noviembre de 1984. Ante una veintena de participantes que señalaban que la mayor carencia por aquél entonces en nuestra vasta región, era de textos de teatro yo ofrecí los trescientos títulos de mi biblioteca personal. Nadie podía creer que tuviera tantas obras en mi poder. Esa noche llegué a mi casa y ayudado por Emilia hice el primer listado de la Biblioteca. No era época de computadoras, en mi vieja Lexicon 80 muchas hojas y “carbónicos” me permitieron a la mañana del domingo 4 de noviembre de 1984 llevar a los teatristas ese listado de obras que ponía a disposición de todos. La alegría se escapaba de los rostros, se enseñoreaba. Y en ese momento me sentí como puede sentirse alguien que en medio del desierto tiene la única cantimplora con agua fresca. Había nacido la Biblioteca Teatral Hueney aunque el nombre llegara tiempo después.
Actualmente la Biblioteca cuenta con algo más de dieciocho mil títulos de teatro, entre obras y textos de teoría y técnica, una videoteca con trescientos títulos, un edificio propio de cincuenta metros cuadrados, página web, y unos veinte biblioratos con la correspondencia recibida en muchos años de labor. A ellos se sumaron con el tiempo otros proyectos como: Organización de los Concursos Nacionales de teatro de humor, gacetillas periódicas con información teatral, edición de libros de Teatro de Humor, organización de los Festivales Nacionales de Teatro de Humor. Interconexión con otras bibliotecas argentinas especializadas en teatro, Organización de Congresos de Dramaturgos, etc..
Hoy la Biblioteca Hueney recibe desde hace varios años aportes que contribuyen a su funcionamiento desde el Instituto Nacional del Teatro y desde Argentores (Sociedad de Autores de la Argentina)
Por aquellos años no sabíamos con qué dramaturgos contábamos en las provincias, conocíamos a muy pocos. Casi no se editaban obras de teatro. Los autores no tenían un medio eficaz, -al no editar- para hacer conocer sus obras. Me transformé en buscador de textos teatrales. Pedí, compré, escribí a dramaturgos, a editoriales, viajaba y regresaba con obras. Al llegar a mi casa hacía nuevos listados ampliatorios con mi máquina de escribir de las obras incorporadas, listado que reenviaba a los grupos conocidos.

Había una necesidad latente por la difusión del teatro argentino y el acercamiento entre dramaturgos y teatristas y un espacio que ocupar en la inmensidad de la república. Ya había detectado esto el inefable Osvaldo Calatayud, (quien fuera Director del Instituto Nacional de Estudios de Teatro) pionero por aquélla época en acercar con espíritu federal nuestra dramaturgia a los grupos de teatro de todo el país.

Comienzo a escribirme con grupos de teatro de varias provincias y con algunos dramaturgos argentinos. Había nacido en mí un fuerte compromiso, comenzaba a sentirme útil. Ya no podía salir ni detenerme. Los teatristas escribían en la confianza que tendrían respuesta, no podía defraudarlos. La noticia de que alguien desde Zapala enviaba textos de teatro gratuitamente a todo el país corrió como chisme de pueblo. La cadena de pedidos subió por la república hasta lugares tan alejados como Salta, Tucumán, Córdoba o Entre Ríos.
La biblioteca Hueney se fue transformando en un centro de asesoramiento a grupos, teatristas, estudiantes de teatro, dramaturgos que hacían sus primeras armas, investigadores, historiadores, antropólogos. Me tomé con una insólita responsabilidad y pasión, poder orientar en las búsquedas. Podía pasarme una noche despierto buscando una obra que se ajustara a lo pedido por un grupo de Salta por ejemplo.
Y muchos dramaturgos empezaron a enviarme sus obras apenas salían del horno.
En los años 91-92 se crea la Biblioteca Teatral Mediza en La Plata, adoptando la forma organizativa de la Biblioteca Hueney. Desde Inriville, Córdoba, Luis Lucaioli, se contagia de mi entusiasmo y unos años después arma una biblioteca teatral en ese pequeño pueblo del Sudeste cordobés. Luego siguieron: José Montiel en Santa Fe; la Attach en Resistencia (Chaco)-

Con las cartas y pedidos llegaban sus historias, sus sueños, sus problemáticas, la falta de apoyatura hacia el teatro y sus realizadores por parte de los estamentos oficiales. Las pocas excepciones que aparecían de tanto en tanto en alguna región, desaparecían rápidamente, atomizados por la imposibilidad de eludir las corrientes dominantes, las imposiciones estéticas y el ahogo sistemático a que eran sometidos los grupos teatrales independientes.
Creo también que aún con las enormes distancias que tiene nuestro territorio, muy pocos realizadores teatrales han podido sustraerse a las imposiciones de las culturas de turno y sus motivaciones políticas y a sucesivas modas teatrales, lo que se reflejaba en la orientación de los pedidos.
Con la democracia había surgido una movida impresionante de interés y participación por el teatro en todo el país. Teatro Abierto en los años previos marcó un hito extraordinario. Desde entonces, aún con vigencia la estética de los años sesenta, aparecieron en la década del ochenta, corrientes innovadoras, teatros experimentales y nuevas búsquedas. Escribían a la biblioteca pidiendo material, especialmente además textos teóricos, ensayos, copias de tal o cual conferencia o seminario.
Por entonces mi trabajo profesional independiente me permitía viajar más. Iba a todas las Fiestas nacionales, a Congresos en todo el país (La Pampa- Tucumán – Catamarca – Buenos Aires – Córdoba) recopilaba ponencias, ensayos, me sumergía en las librerías de usados y gastaba un dineral comprando textos de teatro..
Los grupos independientes nacían en cantidad en todo el país. A los pocos años comienzan a agotarse. Pero no por la increíble, pasional e intensa tarea que significa abordar una pieza teatral, prepararla y llevarla a escena, -con seriedad y dedicación profesional- (aun en grupos de aficionados ó “vocacionales” o como solía decirse hace muchos años “filodramáticos”)
Lo que realmente iba desgastando a los grupos son las pequeñas grandes luchas que debían sostener no tan solo para ganar un espacio en su comunidad, espacio artístico-expresivo, (que requiere ser aceptados y reconocidos por esa comunidad y suele ser lo más sencillo de obtener) sino para lograr y mantener un espacio físico donde desarrollarse y crecer, y apoyatura para mostrar sus producciones y, aunque parezca mentira hasta les costaba lograr un mínimo de respeto hacia su actividad única, especial. Desde los ámbitos responsables de la cultura, se les construía un entorno de obstáculos, una pelea sistémica destinada a destruírlos. Se transformaba en victimario, quien había sido puesto “funcionalmente” para proteger y estimular. Esos funcionarios trabajaban con la mirada puesta fuera de su ámbito de responsabilidad, transformándose en productores de espectáculos teatrales mediáticos. Esta realidad me era contada por decenas de grupos teatrales en sus cartas y sus problemáticas eran coincidentes. Casi un ochenta porciento de los grupos independientes no lograban superar los diez años.
Pocos grupos en estos treinta años bucearon en su propia espiritualidad y en la de su entorno social en procura de una identificación con la que alimentar sus búsquedas estéticas. Muchas veces por el contrario no pudieron eludir sustraerse a las modas de turno dictadas por los grandes centros ó poderosos pedagogos que aparecen cada década y recorren el mundo sembrando los cánones doctrinarios de las escuelas que crean.
Con nuestras crisis y la globalización se alejó aún más la idea de solidificar un teatro “identificatorio”, que en otros tiempos parecía tan importante, por el contrario se fue profundizando la “crisis de las identificaciones”. Toda identificación fue puesta en duda.

Se desarrolló un teatro sin identificaciones, sin tiempos, sin referencia, como se lo llama, el “teatro de los desarrumados”. Creció la situación “flash”, el lenguaje “clip”, pequeños diálogos, cortos, precisos, irónicos, a veces agudos, muchos intelectualmente rebuscados. El teatro de imágenes, de sensaciones, el de objetos. Este último género quizás el que más creció y más sólidamente ha traspuesto las décadas. Aparecía un recurso escénico cualquiera (no digamos ya una línea estética), solo un recurso, y se multiplicaba por todo el país. Entre los años ochenta y noventa los trajes de liencillo deshilachado y las antorchas pululaban en las puestas.
El espectador comenzó a toparse con un teatro que en general no le atraía, lo incomodaba, pero no porque le tocara fibras íntimas, sino porque le cuesta descifrarlo, no le alcanza el tiempo para desentrañar los elementos de la obra.
Muchos teatristas no pueden eludir la seducción de estas corrientes.
Cuando Eugenio Barba apareció en nuestro horizonte, si no hacías teatro antropológico, perdías. Actualmente incluso, si hacés teatro “realista” ó “naturalista”, ¡¡merecés morir!!.
Es llamativo que en otros países los actores componen personajes que se corresponden con su nacionalidad, a los actores argentinos se los hace actuar de extranjeros, pero la ambientación está tan cargada de “argentinidad” que el resultado suele ser malo. Vi por ejemplo una vez en Córdoba una obra de Goldoni donde los actores componían personajes del medioevo italiano pero hablaban con acento cordobés, el fisic du rol era de “Negrazón y Chaveta” (personajes de Comics de esa ciudad argentina) y no de un feudal veneciano.
El tiempo decanta y permite valorar quienes fueron grandes maestros, quiénes hicieron escuela, quienes dejaron una impronta imborrable en el teatro, y caminos de recorrido obligado, que no necesariamente pasa por aquéllos que vemos en la cresta de la ola de tanto en vez.
Nadie tiene dudas que Stanislavsky fue uno de esos grandes, una anécdota muy conocida de él, que rescata en un reportaje Agustin Alezzo refiere que llegó a Moscú un grupo de directores desde E.E. U.U., para hacer El Teatro de Arte, copia del de Moscú, en Norteamérica. Stanislavsky se negó rotundamente y les explicò que su labor servía en Rusia, en ese momento, pero no confiaba en su efectividad fuera de allí.
Nosotros, solemos correr intentando alcanzar la ola allí donde esté, cualquiera sea su idiosincracia. A veces resulta patético comprobar tanta carrera frenética para estar a la altura de lo que esas corrientes exigen, so riesgo de perderse en un ominoso y opaco anonimato.
Y en todo ello, presente siempre, esa enorme egolatría y vanidad, combustible –mezcla-, imprescindible en buena parte para soñar con la trascendencia artística, pero generadora con frecuencia de conductas egoístas, envidiosas y perversas, con lo cual los teatristas, que por aquéllas fundadas razones se peleaban con las áreas oficiales de cultura, por estas otras pulsiones de la naturaleza humana, también se terminan peleando con sus pares, ya que los teatristas, -salvo honrosas excepciones,- no son como los bomberos, que según el refrán “no se pisan la manguera”. En pos de esa trascendencia revolotea muchas veces tanta “liviandad y ombliguismo”, parece... que se puede hacer teatro sin estudiar, que se puede lograr excelencia sin un enorme trabajo. El campo del teatro, la fuerza hipnótica que genera, produce no pocos de estos disparates, que viendo a diario cuántos ídolos se crean “mediáticamente” de la noche a la mañana, puede entenderse.
Con el marco de nuestra realidad nacional, la Biblioteca Hueney fue creciendo, asumiendo acciones muchas veces conciliatorias, limando no pocas asperezas y creando puentes donde se abrían precipicios.
Hablo con los teatristas procurando que se comuniquen con el autor, que le hagan saber que están preparando su obra. Hablo con Dramaturgos intentando que en algunos casos morigeren algunas exigencias. Defiendo frente a los teatristas posturas y derechos de los dramaturgos, y explico y a veces justifico ante los dramaturgos ciertos comportamientos de los teatristas.
Alguien propone una obra al grupo, se reúnen para leerla, se entusiasman, comienzan a trabajarla. En ese momento coinciden que es muy apresurado avisarle al autor, tal vez el proyecto no se concrete y generarán una falsa espectativa. Le avisarán cuando estén seguros. A la semana de trabajo se han entusiasmado con la obra y de la mano del director indagan posibilidades que estimulan su creatividad. La obra sale “disparada” hacia cualquier lado (texto, ideología, tema, todo) . Si ese avance los atrapa, los ensayos van consolidando una versión que ni el propio autor hubiera imaginado.
Proyectan fecha para su estreno. Allí reparan que no se han comunicado con el autor ni gestionado autorización a Argentores. La situación es álgida, la obra es otra muy diferente de la concebida por el dramaturgo y ya los tiempos no alcanzan para los trámites. Si se topan con un Delegado de Argentores que se las impide estrenar, los teatristas se enojan y arremeten contra la Sociedad madre, contra la madre del delegado de Argentores, contra el país todo y claro, esta vez no tienen razón. Allí me llaman desesperados y urgidos.
Como imaginan esta tarea realizada durante más de veinte años ha sido un excelente training que no permitió aburrirme.
La biblioteca comenzó, con el propósito de ayudar a los teatristas independientes. Se transformó rápidamente por obvias razones en un primer difusor del teatro de autores argentinos.
La tarea me atrapó totalmente y se convirtió en un inmenso engranaje que ya no podía detenerse, en pocos años las cartas con pedidos llegaron al centenar por mes, estaba a todas horas en la Biblioteca, se había transformado en mi amante. Situación rara ésta pues contaba con la total conformidad de mi esposa Emilia quien solía decir: “te hace feliz a vos, te hace bien a vos, nos hace bien a los dos”. Que sea éste un elíptico mensaje a las damas presentes, no le hace mal a la pareja que el esposo tenga una amante.
Sucedió que en la etapa inicial del enamoramiento, de la pasión descubierta, la Biblioteca se las arregló para estar en un pasillo de mi casa, pero cuando supo que me tenía definitivamente consigo, como toda amante que se precie comenzó a exigirme. Tuve que ponerle un Departamento nuevo, amueblado, bien iluminado, calefaccionado y con todas las comodidades. Pueden ver fotos de donde está ahora instalada en www.bibliotecahueney.com.ar (así es la biblioteca)
Actores y Dramaturgos tienen sus propias luchas. Ambos son componentes del hecho teatral y se integran con el tercer componente, el público. No voy a detenerme en el público ni en las diversas estrategias que debieran instrumentarse para “formar” al público, es un tema que me apasiona, pero excede el marco de lo previsto, salvo afirmar que al público hay que comenzar a “formarlo” en la escuela, especialmente en la niñez y preadolescencia.
En 1984 se hizo el 1er. Festival Nacional de Teatro en el Cervantes, desde entonces se hicieron veinticinco festivales nacionales. En ellos estuvo el público, los teatristas, y circunstancialmente los dramaturgos argentinos. No hemos conseguido en más de veinte años una real “valorización” de la tarea del dramaturgo. El teatrista creador, el “director-puestista, devenido en autor” y mucha creación de escritura “tallerista” que se hace con improvisaciones, han contribuído a desvalorizar al dramaturgo. Después de una lucha de muchos años recientemente en un acuerdo entre el Instituto Nacional del Teatro y Argentores se logró conseguir que los autores sean invitados a las fiestas nacionales cuando se ponen en escena sus obras.
El autor teatral, especialmente en las provincias lucha en soledad. Se forma como puede, a los ponchazos.
En una terrible soledad suele sufrir a menudo el menosprecio de teatristas de su ciudad, teatristas que luchan para conseguir su “crecimiento y maduración artística”, que no dudan en golpear todas las puertas, ellos que saben lo que es esta lucha, suelen no tender “puentes” para ayudar a crecer a ese dramaturgo que vive a la vuelta de sus casas. No le dan oxígeno, no le hacen sus obras, con lo cual no lo ayudan a crecer, a madurar, a aprender....pues escribir teatro es quizás la más difícil forma de escritura. Si el dramaturgo que sale al ruedo no tiene la posibilidad de cotejar su texto con la “puesta en escena” le resulta difícil crecer.
Los actores son tan vanidosos como cualquier creador artista, pero no perdonan la vanidad de su vecino dramaturgo.
El dramaturgo que lucha en soledad pero no es estúpido, rápidamente se da cuenta que por esos lares no le ayudarán y sale en busca de otras plazas.
Un año después alguien dice: -Ché.. ¿viste que al ….. le hacen su obra en San Juan?
-qué querés... ¡¡estos Sanjuaninos son tan .!!
Algunos años más tarde:
“te enteraste que en España están haciendo la obra de ……?”
Y la respuesta demoledora y cruel: - ¿te das cuenta?... “los europeos se comen cualquier cosa con sabor folklórico sudaca”.
Y el dramaturgo se aferra a lo que tiene, a su obra y a su imaginario y en tanta soledad, muchas veces no atina a intentar otras estrategias para conseguir que se le sumen los otros dos componentes (actores y público) que le hacen falta para que su obra trascienda el valor de un texto.
Solo tengo mi experiencia de bibliotecario, solo tengo lo que he visto y oído en más de dos décadas de trabajo arduo. No tengo verdades ni axiomas. Cada vez tengo menos seguridades. Arrastro numerosos cansancios, no pocos desánimos, me duelen enormemente tantos egoísmos de tantos.
Sin dudas que pensar en la unión de todos en procura de ayuda mutua, una especie de gran hermandad, siendo como somos los teatristas tan diferentes y tan competitivos, es utópico. Así que desde mi lugarcito apenas si intento luchar en pos de una, digamos, racional y civilizada convivencia. La gente responde sorprendida, emocionada y agradecida, cuando yo envío lo que prometo, cuando cumplo lo que propuse. Esto no es común en los teatristas por eso resulta más sorprendente Se juntan, comparten un encuentro, prometen enviarse material, cambiarse obras, se juran amor eterno, se despiden y se olvidan rápidamente las promesas.
Soy el único personal de la Biblioteca Hueney. Tuve una Bibliotecaria que a pocos días de entrar me hizo saber que era demasiado trabajo y ni bien consiguiera otro empleo me abandonaba, lo que hizo seis meses después. Cada tarde preparo el material que debo enviar, los sobres y encomiendas listos quedan sobre la mesa de la biblioteca, al día siguiente en algún momento libre los llevo al correo. La respuesta a los pedidos es inmediata, no me gusta hacer esperar a la gente.
Se trabaja respetando la normativa de Derechos de Autor y de Argentores, no se envían obras que se encuentren en circuito comercial ni se fotopian las que están editadas, pero sí copias de libretos de autores que aún no se editaron y el autor presta su anuencia para que la difunda. Muchos dramaturgos consiguen de esta forma que su obra sea conocida en otras provincias y países de la mano de mis diarios envíos.
En la web de la Biblioteca pueden hallar toda la información sobre como utilizarla, como pedir un material, como depositar obras, de qué manera se difunden, etc. Ceo que se puede hacer mucho más en cada lugar, entre dramaturgos, directores y actores. La comunicación es posible. En los últimos años ha habido experiencias muy ricas en diversos lugares. Por ejemplo: Directores y actores invitan a los autores del lugar. Tres obras, tres autores, tres directores, nueve elencos. Cada director hace las tres obras. En una muestra general se trabaja sobre lo producido por cada director con sus elencos. Ello resulta formidable para todos y muy especialmente para el dramaturgo.
Otra propuesta suele ser: que esos directores y grupos inviten a dramaturgos a participar ya no con un texto, sino aportando una idea, una imagen, una historia, un tema y que de la experiencia que resulte cada autor vaya escribiendo la obra nutriéndose del fluír de esos aportes mutuos.
Cada vez que puedo le recuerdo al director que es responsable de dar una “lectura escénica” al texto, pero no tiene derecho a reescribirlo, (salvo que el autor lo consienta) porque además lo hace sintiendo que “lo corrige”. Cuando eso sucede el dramaturgo piensa: ¿quién se cree éste que es, para corregirme?
Si aprehendemos esta situación fundamental, podremos no arruinar de entrada la relación “autor – director”
Y cuando el director “corrige” el texto, claro, no utiliza la palabra “corregir” dice por ejemplo “aggiornar” “valorizar la secuencia anecdótica” “profundizar su teatralidad” “darle una vuelta de tuerca”.. ¡la lista de eufemismos es interminable!.
Cuando nació la Biblioteca Hueney y comencé a enviar obras de teatro, decidí no cobrar nada por el envío, ni gastos de copias ni de franqueo. Lo que hacía con unos debía hacerlo con los demás. Acuñé por entonces un lema para la biblioteca: “Acercar el país extendiendo los brazos”.Veinticuatro años de trabajo diario, varias horas todos los días, muchas horas los fines de semana y feriados, he podido llevarlos adelante gracias a mi natural entusiasmo y a cientos de estímulos de la comunicación humana que atesoro en mi sitio mágico como testimonios maravillosos de esa comunicación. Objetos, cartas, fotos, obsequios, reliquias históricas que recibo cada tanto me estimulan a continuar con mi tarea. En ese crecimiento vinieron la Organización de Festivales, de los Concursos Nacionales de Teatro de Humor, de los Congresos (varios) organizados desde la Biblioteca.
En el año 2004 cuando Argentores comienza a apoyarme económicamente (desde unos años antes lo hacía el INT), se realizó una auditoría para determinar los gastos de funcionamiento. Del mismo modo que desde siempre guardaba textos de teatro, guardo los comprobantes de todos los gastos año por año. Allí se constató que a ese momento venía gastando de mi bolsillo casi dos mil pesos argentinos por mes lo que significaba unos veinte mil pesos en el año, o doscientos mil en diez años y en los veinte años de funcionamiento la suma trepaba a casi cuatrocientos mil pesos. El mobiliario puesto en la biblioteca, el valor del departamento que ocupa y los dineros puestos para sostener los Festivales hacía triplicar esa suma. ¡Todo ese dinero puesto de mi bolsillo durante 24 años para difundir el teatro argentino!. De ningún modo estoy arrepentido, si pudiera desandar el tiempo haría exactamente lo mismo.
El primero y principal impulso, sentirme útil al hecho teatral. El teatro en la Argentina para mí, es la expresión artística más potente, rica, variada, eternamente en crisis pero siempre fuertemente viva, pasional y bella. A pesar de nuestra corta historia como país, el teatro argentino día a día está marcando su notable presencia en todo el mundo. En la actualidad, desde unos quince países extranjeros me escriben pidiéndome obras de autores argentinos. Me piden obras de autores ya conocidos en el extranjero, las envío y aprovecho para agregar en la remesa piezas de otros autores nuestros.
Este racconto que hice del teatro en mi país visto desde la óptica de un bibliotecario que ha estado en contacto con las necesidades de dramaturgos y teatristas desde los años ochenta hasta la actualidad tuvo una importante transformación a partir del año 1999 con la decidida intervención en el teatro del país del Instituto Nacional del Teatro, creado en 1998 por Ley 24800. Hay para nuestro teatro un antes y un después del Instituto Nacional del Teatro. Desde su creación los Grupos Teatrales Argentinos consiguen apoyo económico para sus proyectos teatrales, su actividad, la investigación, la capacitación y el perfeccionamiento y cuenta con un Consejo Editorial que ha editado numerosos textos rescatando la obra de autores de las provincias, la de reconocidos dramaturgos y la de calificados docentes e investigadores en todas las disciplinas del teatro. La Biblioteca que dirijo, como ya mencionara, recibe apoyo para su funcionamiento pero también financiación para la edición de sus Libros de Teatro de Humor. De algún modo significó también para la Biblioteca un aumento de los pedidos de obras, pues se han incrementado notablemente los grupos que inician proyectos teatrales estimulados por la posibilidad cierta de conseguir un apoyo financiero para los mismos de parte del Instituto.
Mi tarea se alimenta básicamente del enorme compromiso moral que siento. Lo llevé adelante secundado por mi extraordinaria y querida Emilia. Los Festivales de Teatro de Humor comenzaron en el año 2000. En el año 2004 comenzamos a preparar el Tercer Festival previsto para abril de 2005, a diciembre ya teníamos contratados los grupos que actuarían, los invitados, reservada la hotelería, comenzada a diseñar la revista. Y entonces el doce de enero de 2005 se muere mi esposa, luego de una larga lucha contra el cancer. Decidí continuar con el Festival y hacerlo en homenaje a su memoria e instituí los premios “Emilia” estatuilla que reciben los galardonados. Surgieron comisiones de apoyo que se pusieron a mi lado para contenerme y me abrazaron con todo el afecto posible para comulgar en esa fiesta y en ese homenaje.-

Ocho dias días antes de comenzar el Cuarto Festival (abril- 2007) en Neuquén en una protesta de docentes un policía asesina al maestro Fuentealba. La ayuda económica que me prometiera Cultura Provincial se esfumó, también los aportes que vendrían desde Turismo de San Martin de los Andes. Continuar con el Festival significaba poner muchísimo dinero de mi bolsillo. Decidí hacerlo como una muestra de resistencia a la barbarie y debí endeudarme personalmente, pero el evento se concretó con magníficos resultados. Una vez más la maravillosa gente que me rodea estuvo a mi lado para concretar ese sueño.
Desde hace algún tiempo, todas las noches junto a los sobres y las encomiendas, dejo el dinero necesario para el franqueo. Aunque no tengo interés alguno por ahora, llegará el momento en que yo también deba “partir de gira”. Cuando ello suceda, solo deseo que antes de cualquier otro trámite, alguien tome la correspondencia de la mesa y el dinero y vaya de inmediato al Correo y haga esos, mis últimos envíos.
No me gusta hacer esperar a la gente.
Muchas gracias por vuestra atención.
Dado en Montevideo, Uruguay, jueves 20 de Noviembre de 2008.